
El 25 de julio, Emmanuel Macron emprendió un enorme esfuerzo de política exterior de su naciente gobierno, convocando una reunión entre los líderes de las dos facciones más grandes de Libia.
Aunque se proyectó como un intento de agilizar la paz y trasladar al país devastado por la guerra hacia alguna forma de estabilidad, la crisis migratoria de Europa jugó sin duda un papel importante en la priorización de Macron con Libia.
Refugiados y migración a través del Mediterráneo han crecido hasta convertirse en un miedo existencial de Francia y Europa. El número cada vez mayor de inmigrantes atravesando el mar y la falta de una política cohesiva para manejar esta situación, han dejado a Europa sin control; una inseguridad que los partidos de derecha, incluyendo el Frente Nacional de Francia, han exacerbado en su guerra contra el establecimiento.
Nueva política de refugiados de Macron
El ángulo de la política migratoria de Macron con Libia se hizo evidente unos días después de la reunión. En una ceremonia en Orleans, Macron sorprendió a sus contrapartes europeas con el anuncio de una nueva iniciativa.
Aunque su pronunciamiento político fue ligero en detalles, giraba en torno a la creación de puntos de encuentro en Libia (y finalmente, en Níger y Chad) donde los refugiados y los migrantes podrían tener sus solicitudes de asilo pre procesadas, en lugar de hacer el peligroso cruce por el mar Mediterráneo.
Esta política es una expansión de declaraciones anteriores en las que Macron buscaba distinguir entre los refugiados de guerra y los inmigrantes económicos.
Más ampliamente, puede considerarse como una continuación de los intentos unilaterales de Francia de aislarse de la crisis. Ese país sigue estando muy lejos del cumplimiento de su cuota de migrantes, según un plan de relocalización de refugiados de la Unión Europea de 2015.
Por otra parte, se negó a permitir que los solicitantes de asilo rescatados en el Mediterráneo desembarquen en los puertos franceses. Incluso, hace poco devolvieron a 200 inmigrantes que habían evadido sus defensas fronterizas cruzando el mar.
Esta última repetición de las tribulaciones de Francia con los refugiados, entre las cuales el intento de hacer la paz en Libia juega un papel integral, parece superficial, teñida de populismo y es más probable que agrave la situación antes de ser un fundamento para su solución.
Sobrecargar Libia
El discurso de Macron en Orleans sugiere que esta política está construida sobre dos tesis débiles. En primer lugar, que las bandas de contrabandistas de personas que operan con impunidad en Libia dirigen y no sólo ganan con este fenómeno, y segundo, que los puntos de encuentro impedirían que estos contrabandistas empujen a los inmigrantes a cruzar el mar.
Esto ignora la realidad de que los migrantes y los refugiados comenzaron a viajar desde Libia hacia Europa mucho antes de que la Primavera Árabe comenzará y sumiera al estado del norte de África en la anarquía. De hecho, prevenir esas migraciones era una de las herramientas diplomáticas preferidas de Gaddafi en Europa.
Dado a que no son los traficantes los que llevan a tantos a arriesgar sus vidas en alta mar, sino la búsqueda intrínseca de una vida digna, es difícil ver cómo esta política podría tener éxito.
Incluso si se logran las condiciones para que estos puntos de encuentro se den -como la intermediación de la paz y el comienzo de un gobierno estable con fuertes instituciones de seguridad en Libia-, lo cual es muy improbable, no se eliminarán ninguno de los incentivos de larga data que existen para la migración.
Además, es injusta e incorrecta la afirmación de que la mayoría de los que atraviesan a Europa son migrantes económicos que no tienen derechos de asilo y cuyas demandas pueden ser procesadas en suelo africano sin que arriesguen innecesariamente sus vidas en el cruce.
Aunque la mayoría no está huyendo de la guerra, tienen razones válidas para buscar protección internacional, como huir de la persecución o ser víctimas de los abusos del tráfico de personas.
Adicionalmente, esa postura dudosamente esquiva el principio de no devolución del derecho internacional, que impide el retorno de las personas a un lugar donde corren el riesgo de sufrir torturas y malos tratos; un principio que fue afirmado en 2012 por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra Italia por la transferencia de migrantes de vuelta a Libia.
Dadas las defectuosas bases de esta política, su éxito radicaría en una potencial transferencia de este problema a los ya sobrecargados hombros de Libia, en lugar de hallar una solución holística y duradera.
La tensión entre Italia y Libia
La naturaleza desconsiderada de esta política, junto con el anuncio optimista de Macron de que procedería con o sin Europa, la ha convertido en la causa de una considerable controversia.
Italia ha sido quizás la que más ha menospreciado los movimientos unilaterales de Macron. El ministro italiano de Asuntos Exteriores etiquetó la política como una distracción del proceso de la ONU, y el viceministro de Relaciones Exteriores lamentó que Francia no parezca dispuesta a "ayudarnos concretamente" abordando esta crisis migratoria.
Desde hace tiempo, Italia se ha sentido abandonada por parte de sus socios europeos en las "líneas del frente" de esta crisis, y las recientes políticas de Macron sólo han aumentado estas frustraciones.
Los centros de refugiados en Italia están casi a tope, procesando unos 200.000 migrantes y refugiados, mientras que sus vecinos europeos controlan fuertemente sus fronteras para impedir que cualquier potencial solicitante de asilo cruce.
Mientras tanto, este año ha incrementado la llegada de personas y casi 100.000 han emprendido el viaje hasta la fecha. Esta combinación de una crisis empeorada y la falta de apoyo de otros países europeos está llevando a Italia a liderar sus propias políticas que intentan contener y controlar la situación.
Sin embargo, cinco de ocho ONG que dirigen estas operaciones se han negado a firmar el código de conducta, alegando que podrían arriesgar vidas y violar su neutralidad, mientras que los libios han protestado contra la invasión de Italia en sus aguas y han criticado sus intentos de mantener a los migrantes dentro de Libia.
Cabe señalar que una política coordinada y centralizada de la Unión Europea en materia de migración es un acontecimiento relativamente nuevo que se ha producido en los dos últimos años y antes cada Estado miembro mantenía su independencia al respecto.
También podría argumentarse que dentro de este corto período de tiempo se formaron los cimientos de la crisis actual, así como los supuestos incorrectos que refuerzan la política moderna con la que se trata.
Las estrictas restricciones a las visas de trabajo que comenzaron en los años noventa fueron las precursoras de la demonización actual de los migrantes económicos, y es el cierre de esta ruta segura y legal el que incentivó a que las personas desesperadas emprendieran estos peligrosos viajes que hoy realizan.
Mientras Francia e Italia buscan soluciones unilaterales y limitadas a esta crisis, corren el riesgo de romper el enfoque continental de este tema en detrimento de todos los interesados.
Las políticas superficiales y las soluciones unilaterales a corto plazo de Macron e Italia son incapaces de controlar una crisis que empeora, lo que a su vez sólo llevará a aumentar la presión pública e inevitablemente, a realizar más esfuerzos unilaterales y limitados.
Para escapar de este ciclo, los Estados miembros de la UE, que individualmente no tienen los medios para resolver de manera integral esta crisis, deben trabajar juntos en una política coordinada.
Sin embargo, a menos de que otros líderes europeos puedan limitar la independencia obstinada de Macron y evolucionen en su política, la crisis de los refugiados y la capacidad de Europa para manejarla, seguirán deteriorándose.
*Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan la política editorial de la Agencia Anadolu.
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